Solemnidad de
Todos los Santos
La
santidad
Lecturas de la misa de hoy y comentarios
Homilía de JPII sobre en esta fiesta, 97
Durante todo el año celebramos la fiesta de
muchos
santos famosos. Pero la Iglesia ha querido recordar que
en el cielo hay innumerables santos que no cabrían en el
calendario. Por eso nos regala esta solemne fiesta de Todos
los Santos que abarca a todos nuestros hermanos que ya están
en el cielo. Multitudes de santos desconocidos por nosotros
pero amadísimos de Dios. Entre ellos familiares nuestros,
amigos, vecinos...
La fiesta de Todos los
Santos no es solo recordar sino también una llamada a que
vivamos todos nuestra vocación a la santidad según nuestros
propios estados de vida, de consagración y de servicio. El
Concilio Vaticano II, en el capítulo V de su Constitución
dogmática "Lumen Gentium" lleva por título "Universal
vocación a la santidad en la Iglesia". Dios nos creó para
que seamos santos.
Según Benedicto XVI
"El santo es aquel que está
tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta
verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por
esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo,
también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que
experimenta y transmite en el servicio humilde y
desinteresado del prójimo".
Desde la
Iglesia primitiva, los cristianos siempre hemos venerado a
los mártires porque reconocemos su virtud heroica. Al
guardar en nuestros corazones sus memorias y su ejemplo, nos
animan a vivir también nosotros la radicalidad del
Evangelio. Es por ello que se guardan sus reliquias. Estas
pueden ser partes de sus cuerpos o de sus ropas u otros
artículos asociados con ellos. Vemos como los cristianos del
primer siglo guardaban hasta las ropas y pañuelos que San
Pablo hubiese tocado (Hechos 19,12).
Durante la
persecución de Diocleciano (284-305) hubieron tantos
mártires que no se podían conmemorar todos. Así surgió la
necesidad de una fiesta en común la cual se comenzó a
celebrar, aunque en diferentes fechas, a partir del siglo IV.
La Roma pagana observaba el
fin del año el 21 de febrero con una fiesta llamada Feralia,
para darle descanso y paz a los difuntos. Se rezaba y hacían
sacrificios por ellos. Con la
cristianización del imperio, los Papas pudieron remplazar
las prácticas paganas. El 13 de Mayo del 609 o 610, el Papa
Bonifacio IV consagró el Panteón Romano (donde antes se
honraba a dioses paganos) para ser templo de la Santísima
Virgen y de todos los Mártires. Fue así que se
comenzó la fiesta para todos los santos. Gregorio III
(731-741) la transfirió al 1ro
de Noviembre. Gregorio IV (827-844)
extendió esta fiesta a toda la Iglesia.
Los Ortodoxos griegos
celebran a todos los santos el primer domingo después de
Pentecostés.
Lamentablemente muchos mezclan la Fiesta de Todos los Santos
con costumbres paganas como
Halloween que
se celebra en la víspera.
Reflexión de S.S. Benedicto XVI sobre el día de todos los
santos, 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la solemnidad de todos los santos y mañana
conmemoraremos a los fieles difuntos. Estas dos
celebraciones litúrgicas, muy queridas, nos ofrecen una
oportunidad singular para meditar en la vida eterna. El
hombre moderno, ¿sigue esperando esta vida eterna o
considera que pertenece a una mitología ya superada?
En nuestro tiempo, más que en el pasado, vivimos tan
absorbidos por las cosas terrenales, que en ocasiones es
difícil pensar en Dios como protagonista de la historia y de
nuestra misma vida.
La existencia humana, sin embargo, por su naturaleza, está
orientada hacia algo más grande, que le trasciende; en el
ser humano no se puede suprimir el anhelo por la justicia,
la verdad, la felicidad plena.
Ante el enigma de la muerte, muchos sienten el deseo y la
esperanza de volver a encontrar en el más allá a sus seres
queridos. Y es fuerte también la convicción de un juicio
final que restablezca la justicia, la espera de un
esclarecimiento definitivo en el que a cada quien se le dé
lo que le corresponde.
Ahora bien, para nosotros, los cristianos, «vida eterna» no
sólo indica una vida que dura para siempre, sino también una
nueva calidad de la existencia, sumergida plenamente en el
amor de Dios, que libera del mal y de la muerte y nos pone
en comunión sin fin con todos los hermanos y hermanas que
participan en el mismo Amor. La eternidad, por tanto, puede
estar ya presente en el centro de la vida terrena y
temporal, cuando el alma, mediante la gracia, se une a Dios,
su fundamento último. Todo pasa, sólo Dios no cambia. Un
Salmo dice: «Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi
corazón, mi porción, Dios por siempre!» (Salmo 72/73,26).
Todos los cristianos, llamados a la santidad, son hombres y
mujeres que viven firmemente aferrados a esta «Roca», tienen
los pies en la tierra, pero el corazón ya está en el Cielo,
morada definitiva de los amigos de Dios.
Queridos hermanos y hermanas: Meditemos en estas realidades
con el espíritu dirigido a nuestro destino último y
definitivo, que da sentido a las situaciones diarias.
Renovemos el gozoso sentimiento de la comunión de los santos
y dejémonos atraer por ellos hacia la meta de nuestra
existencia: el encuentro, cara a cara, con Dios. Recemos
para que ésta sea la herencia de todos los fieles difuntos,
no sólo de nuestros seres queridos, sino también de todas
las almas, especialmente de las más olvidadas y necesitadas
de la misericordia divina.
Que la Virgen María, Reina de todos los santos, nos guíe
para escoger en todo momento la vida eterna, la «la vida del
mundo futuro», como decimos en el «Credo»; un mundo que ya
ha sido inaugurado por la resurrección de Cristo y cuya
llegada podemos apresurar con nuestra conversión sincera y
con las obras de caridad.
CONMEMORACIÓN
DE TODOS LOS DIFUNTOS
2 de noviembre
Al día siguiente de la
Fiesta de Todos los Santos, la Iglesia Católica celebra, el
2 de noviembre, la Fiesta de los Difuntos. La Iglesia
recuerda la enseñanza de San Pablo, que somos una familia en
que todos estamos llamados a la santidad.
Pero, ¿Quienes entre los
difuntos están en el cielo? No podemos saber con certeza a
no ser que hayan sido canonizados. Por eso rezamos por todos
los difuntos. Esta oración beneficia a las almas que están
en el
purgatorio. Intercedemos por ellas para que pronto se
encuentren con el Señor en el cielo.
Es antigua costumbre
cristiana visitar los cementerios el día de los difuntos, se
arreglan las tumbas de los difuntos con flores y se reza por
los ellos; en las casas se hablaba de la familia, de todos
los vivos y de los que habían pasado a otra vida. Se
consumían dulces especiales, como en España los buñuelos de
viento.
La abadía de Cluny, origen
de la fiesta litúrgica de los difuntos
Aunque la costumbre de orar
por los difuntos y celebrar misa por ellos es tan antigua
como la Iglesia, la fiesta litúrgica por los difuntos se
remonta al 2 de noviembre de 998 cuando fue
instituida por San Odilón, monje benedictino y quinto abad
de
Cluny en el sur de Francia.
En el siglo XIV, Roma
adoptó esta práctica. La fiesta fue
gradualmente expandiéndose por toda
la Iglesia.
El Papa Benedicto XV dio el privilegio a los sacerdotes de
ofrecer tres Misas en ese día - una por las pobres ánimas,
otra por las intenciones del Papa y la otra por las
intenciones del sacerdote. Esta costumbre comenzó en España
en el XV siglo.
El Papa, en un mensaje que envió al obispo Raymond Séguy,
abad titular de Cluny el 12 de octubre del 1998, señala que
en ese año se celebra también el centenario de la fundación
de la Archiconfraternidad de Nuestra Señora de Cluny,
encargada de rezar por las almas del purgatorio, y el XL
aniversario de la publicación del boletín «Lumière et vie»
(Luz y Vida), que promueve la oración por los difuntos.
Juan Pablo II recordó que
«San Odilón deseó exhortar a sus monjes a rezar de modo
especial por los difuntos. A partir del Abad de Cluny
comenzó a extenderse la costumbre de interceder solemnemente
por los difuntos, y llegó a convertirse en lo que San Odilón
llamó la Fiesta de los Muertos, práctica todavía hoy en
vigor en la Iglesia universal».
Explicación de la comunión de los santos